Masaaki Hasegawa (Tokio, 1987) es un artista multidisciplinar cuya obra se desarrolla en Madrid desde hace más de 10 años, ciudad desde la que va y vuelve con distintos proyectos. Llegó a la capital en 2012 para cursar el Máster en Comunicación de Medios Visuales en IE Business School, motivado por la sinestesia que ha marcado su percepción de la realidad desde la infancia. Este fenómeno neurológico — que en Masaaki Hasegawa se manifiesta a través de colores en diferentes situaciones — ha hecho que su comprensión de la vida sea fundamentalmente colorista. Desarrolló una temprana relación con los conceptos de la estética y la creatividad, primero como autor literario y, desde hace varios años, expresándolos a través de su pintura. Con libros como New Paradigm of Creativity (IGI Global, 2017) y SOUZOU: un método para desarrollar ideas (Advook, 2019), Masaaki Hasegawa teoriza sobre distintas fórmulas para sacar nuestro mayor potencial, poniendo estas técnicas en práctica en su pintura.
Al principio de su carrera, su manera de crear estuvo fuertemente marcada por la tradición japonesa, reformulando esta herencia a través de un estilo caligráfico en el que inscribía ideas en las propias letras. En este periodo emprendió proyectos de gran envergadura como pintar la azotea de Zapadores en 2018, creando la obra caligráfica más grande de Europa. Su estilo se vio marcado por los principios del expresionismo abstracto — trabajando con el espacio y el tiempo, y con la expresión de los sentimientos, a la manera de Pollock. Esto, combinado con la técnica caligráfica, lo llevó a investigar figuras como Cy Twombly y a interesarse por otros artistas sinestésicos como Kandinsky, desarrollando una formación autodidacta que ha ido creciendo de forma orgánica a través de visitas a museos e indagaciones personales. Este proceso y estas experiencias dan lugar a una práctica artística hoy centrada en la pintura y la performance como activación del proceso — llevando el acto creativo del taller al espacio expositivo e invitando al espectador a tomar parte en la creación. Guiado por la sinestesia, Masaaki Hasegawa intenta trasladar al lienzo su visión de la realidad, donde tanto los sonidos como las situaciones emanan colores. Con predilección por los grandes formatos, su obra forma parte de colecciones públicas y privadas, entre ellas el Museo Contemporáneo de Caligrafía (Moscú, 2018), IE Business School, la Kyiv Academy of Media Arts y la Kharkiv State Academy of Design and Arts (Kharkiv, 2019). Desde hace varios años organiza su creación en bloques diferenciados por la forma en que aborda cada cuerpo de obra: Flower Rites, Obsession y Transition. En Flower Rites, la obra está marcada por el material empleado para crearla — aplicando la pintura con la flor de la hortensia, que pasa por un ritual de apreciación antes de ser usada como pincel y, en ocasiones, incorporada a la pieza, venerándola antes de su muerte. Con Obsession, el propio nombre señala la cuestión: un cuerpo de obra marcado por la obsesión, creando 50 piezas a través del mismo movimiento — una pintura automática que emerge de los pequeños fallos. Por último, en Transition, Masaaki Hasegawa deja a un lado la pintura para buscar nuevos medios de creación, centrándose en una constante de su práctica — el paso del tiempo — quemando una rosa y encapsulando después solo la mitad, dejando que el tiempo haga el resto.
De este modo, la obra de Masaaki Hasegawa bebe de ciertos principios culturales traídos de sus orígenes japoneses para emanciparse de esa tradición y buscar un lenguaje propio. La idea de la belleza como algo transitorio, o la apreciación de lo efímero como un momento que pasa y no puede capturarse, confluye con la ambigüedad moral, la impermanencia y la obsesión actuales para crear estas obras — pequeñas cápsulas de emoción. Su objetivo principal es exteriorizar este mundo interior, dejando el espacio suficiente para que cada espectador complete estas composiciones con sus propias emociones.
Soy un artista multidisciplinar afincado en Madrid, y entiendo la pintura como un proceso encarnado y ritualizado en el que la percepción, la conciencia corporal, el movimiento y la transformación material interactúan de forma continua. Llegué a ella tras una larga dedicación a las disciplinas marciales, la cultura underground, el pensamiento analítico y la colaboración con campos científicos y técnicos — una trayectoria que sigue nutriendo mi manera de trabajar. Guiado por la sinestesia — que me hace percibir colores en los sonidos y en las situaciones —, no parto de imágenes predeterminadas ni de composiciones fijas: la obra emerge a partir de condiciones psicológicas, sensoriales y ambientales fluctuantes, experimentadas en tiempo real. Mi práctica se organiza en series diferenciadas por la forma en que abordo cada cuerpo de obra — Flower Rites, Obsession y Transition —, a través de las cuales investigo condiciones como la impermanencia, la obsesión, la ambigüedad moral, la memoria y el desplazamiento cultural.
Trabajo principalmente con acrílico, tinta, resina, flores, materia orgánica quemada, pinceles de caligrafía japonesa y materiales de la infancia como las ceras. No los empleo de forma simbólica, sino como instrumentos perceptivos que alteran la tactilidad, la resistencia, el ritmo, la absorción, la fragilidad y la retroalimentación sensorial dentro del acto de pintar; las flores, en particular, ocupan un lugar central, funcionando a la vez como herramientas, materia orgánica y agentes inestables capaces de reorganizar el movimiento, la percepción y la toma de decisiones. El proceso es en sí mismo un ritual: pongo música para activar los sentidos, miro el cielo de Madrid para dejar que sus colores entren en la obra, y repito el mismo gesto de forma obsesiva hasta que la concentración sostenida saca a la superficie los pequeños fallos. De este modo, los estados internos transitorios — tensión, obsesión, inestabilidad, concentración, ausencia, agotamiento o saturación sensorial — quedan inscritos físicamente en el gesto, la repetición y las superficies materiales.
Pinto para exteriorizar este mundo interior y darle una forma que otros puedan habitar. No concibo la pintura como la producción de imágenes autónomas, sino como la huella residual de un acontecimiento: una convergencia temporal entre cuerpo, cognición, sensación, entorno y proceso material. Quemar, repetir, el gesto rápido, la acumulación, la erosión y la inestabilidad se convierten en formas de examinar cómo la percepción y la identidad cambian continuamente en lugar de permanecer fijas. Por eso la impermanencia no es para mí un tema, sino una condición estructural que subyace a la percepción, la memoria y la existencia misma — y por eso dejo en cada obra el espacio suficiente para que quien la mira la complete con sus propias emociones.
Ver la cobertura de prensa completa (50 apariciones, 2016–2026) → Prensa